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03
may
2016
22:04

OPINIÓN

La Algameca Chica. Una creación popular digna de protección

Javier Escarabajal Castejón  Mucho se habla últimamente de los bienes materiales e inmateriales, y muchas son las expresiones que tienen tanto en la arquitectura, como la música, los artes y oficios, los ritos y tradiciones, etc. En la Comarca de Cartagena los encontramos en el arte modernista, en castillos y fortalezas, molinos de viento, el flamenco, las imágenes de semana santa, los restos romanos y en gran cantidad de manifestaciones culturales.

La Algameca Chica. Una creación popular digna de protección

Encontrar rincones con encanto o valores culturales singulares y particulares, rarezas de difícil repetición en nuestro paisaje, es cosa harto difícil, así, dar con rincones donde se conserva la tradición, el paisaje y a la vez se desarrolla una importante belleza patrimonial es casi imposible.

Por ello, considero que es obligación de las administraciones proteger estos espacios, y de las personas sensibles a la conservación de nuestra cultura el buscarlos, localizarlos y divulgar su existencia para que no perezcan víctimas de la a veces insensible globalización.

Pues bien, cuentan las gentes del lugar y demuestran historiadores como José Ibarra, así como crónicas de todo tiempo, que en el litoral oeste de Cartagena existe un poblado marinero que reúne los requisitos exigibles para dotarlo de  la protección necesaria que asegure su conservación para el uso y disfrute de generaciones actuales y venideras.

Se trata del poblado de La Algameca Chica; una creación de esas clases populares para las que todos los tiempos son difíciles y se enfrentan a ellos con envidiable eficacia y gran sabiduría. Esa capacidad innata del pueblo para sobreponerse a las miserias que les imponen las élites, y otras circunstancias sociales e históricas, dieron lugar a la fisonomía actual del paraje en cuestión.

Los datos apuntan a que su poblamiento se remonta  más de doscientos años en el tiempo, y así lo confirman los empadronamientos. Hubo en La Algameca actividad minera y yeserías, y tuvo, como todo lugar mágico su mito: “La Amalia” una hechicera de renombre en su época; pero si el paraje tuvo un uso popular desde que se produjo la ocupación militar del Puerto de Cartagena para el desarrollo del Arsenal y otros usos defensivos, fue el de lugar de baño y veraneo asequible para quienes se ganaban tras duras condiciones de vida y trabajo un tiempo de descanso que no por escaso y racaneado fuera menos merecido.

Me recuerda este lugar y sus gentes un estilo de vida, que si hoy resulta peculiar, no es tan distinto al que se daba en la Cartagena que conocí de crio, con el bullicio, el colorido de persianas en los balcones, la alegría de las relaciones vecinales, el olor a pulpo y sardina que se desparramaba por las calles San Cristóbal La Larga, Villalba, El Pozo, Macarena, Lizana, Saura, Alto, Montanaro, o Faquineto, antes que las políticas de especulación urbana tramaran su plan para derribar y borrar del plano  de la ciudad la Cartagena más castiza y popular.

Se adorna la Algameca Chica con el color del Mediterráneo lamiendo las barracas y la sombra de los pinos carrascos achaparrados por el aire marino, por el amarillo de aliagas y el blanco de los gamoncillos. Dicen quienes viven allí o más de cerca la conocen que entre el aparente desorden de barracas, escaleras, barandillas y embarcaderos; de la misma manera que se da  una armonía de colores en puertas y fachadas, todo tiene un encaje perfecto en el conjunto del poblado, y lejos de ser una comunidad desorganizada hasta el 90% de los habitantes se coordinan en la asociación de vecinos de la Algameca Chica.

En el imaginario colectivo tenemos una imagen de la Algameca  de lugar insalubre, de aguas sucias. En cambio este cachico de costa hace las delicias de la pesquera de la dorada, que acude a los cantiles a alimentarse de lapas, mejillones, erizos o cangrejos ermitaños; y en sus fondos prolifera la almeja real y unos pulpos de roqueo, que asados a la plancha en las terrazas de las barracas al caer la tardes de verano, mezclándose con el olor a salitre, ya supondrían un monumento nacional.

Con esto tengo bastante para decirle a quien me hable de la Ley de Costas, que "tenga cuajo" para empezar a exigir su aplicación desde una punta de La Manga y luego se vaya al litoral oeste y se dé una vuelta por La Azohía o Isla Plana. Quien me diga que son casas ilegales, que se dé una vuelta por el Campo de Cartagena, o que pregunte al gobierno regional desde cuando anda permitiendo lo intolerable en materia urbanística especulativa.

Habrá también quien me diga que es un poblado de chabolas sin haber leído nada de construcción tradicional en poblados marineros y quien me cuestione las condiciones ambientales de un lugar que a poco que nos lo propongamos podríamos convertir en un referente de gestión ambiental .Si, ya sé que es más difícil que derribar las barracas, pero como es mucho más ilusionante y más de justicia con sus gentes voy a reivindicar con la camotería poco ilustrada del pueblo llano que veamos en la Algameca la fotografía de un pasado que dibuja un paraje singular y único en el mediterráneo español, que podríamos echar de menos en el futuro.

Con el convencimiento de que quienes viven allí se han ganado el derecho a hacerlo y a hacerlo en paz y sin miedo a desalojos o derribos; reivindico la búsqueda de una figura que regularice el poblado y lo proteja junto a su entrañable forma de vida, siendo una obligación de las generaciones actuales legar a las venideras este bien de interés cultural. Se trata de un conjunto levantado  por el ingenio de las clases populares, también capaces de creaciones merecedoras del reconocimiento cultural y patrimonial del que ya gozan muchos palacios de gran pompa y boato levantadas con la facilidad del dinero que las élites económicas, sustrajeron del sudor de la frente de personas como las que levantaron la Algameca Chica.

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